El Mirasol se quedó con las sonrisas y toda la fiesta
Con gol de Mariano Santiago, el equipo aurinegro le ganó 1 a 0 a Deportivo Morón y reafirmó su paternidad en el clásico del Oeste. Los hinchas, que reventaron el Fragata Sarmiento, disfrutaron de una alegría gigante.
No todos los partidos son iguales. Hay algunos que tienen un valor mayor. Que se analizan y se cuentan fuera del contexto de un campeonato. Se viven de otra manera. Se disfrutan o se sufren al máximo. Esos partidos son los clásicos. Como el que se jugó este domingo en Isidro Casanova, donde Almirante Brown se impuso 1 a 0 a Deportivo Morón, lo que motivó que el Fragata Sarmiento se transforme en una fiesta descomunal, de esas que se recuerdan para siempre.
En este tipo de duelos, se sabe, hay en discusión mucho más que tres puntos. Se juegan cuestiones tan intangibles como esenciales. El orgullo, la valentía, el amor propio. El Mirasol tuvo todo eso a la hora encarar el choque ante el Gallo. Y, quizás, allí se explique el por qué del triunfo del equipo de Andrés Montenegro.
Un gol y a resistir
Otra característica de los clásicos es que, muchas veces, se definen “por detalles”. Ser contundente cuando se tiene una chance es uno de esos detalles. Y Almirante lo fue. Porque en su primera llegada marcó el gol con el que, finalmente, terminó ganando el partido.
Fue a los nueve minutos, cuando Mariano Santiago, arrojándose al suelo, conectó un centro de Ulises Abreliano (previamente peinado por Gustavo Cabral) para vulnerar la resistencia del arquero Julio Salvá y desatar la locura del pueblo aurinegro.
Luego de este tanto, el clásico entró en un terreno conocido cuando alguno consigue una ventaja tempranera. En este caso, Morón salió con todo a buscar el empate. Y el Mirasol se refugió atrás y achicó espacios para, luego, intentar salir rápido de contra.
Pero esas réplicas no se pudieron construir. O quedaban abortadas en el arranque mismo por imprecisiones en la salida o se terminaban desvaneciendo por falta de tranquilidad en los últimos metros. Entonces, Almirante tuvo que sufrir. Y ahí también sacó ventaja.
Porque si bien pocas veces pudo defenderse con la pelota en su poder, estuvo concentrado para no cometer ningún error que pueda pagarse caro. Y en esa tarea, Bruno Galván y los tres centrales (Cabral, Enzo Cardozo y, principalmente, Gerardo Alegre Rojas) cumplieron una actuación descomunal, sin ningún tipo de flaqueza. Y el resto se encargó de correr y cubrir espacios, como para que el equipo de Walter Otta no llegue con comodidad al área.
En el Oeste mando yo
En los clásicos, la gente también juega su partido. Y los hinchas lo hicieron a la perfección. Alentaron desde el comienzo y fueron el sostén del equipo cuando Morón empujó a Almirante contra el arco de Galván.
Y tuvieron su premio cuando el árbitro Bruno Amiconi, ochenta y pico de minutos después del gol de Santiago, pitó el final del partido. En ese momento, el Fragata Sarmiento se transformó en un manicomio a cielo abierto. Abrazos y alaridos por todos lados. Y el grito de “hijos nuestros morirán” con el volumen al máximo. Como se celebran los triunfos en un clásico.
Lo que viene
En la próxima fecha, Almirante visitará a Godoy Cruz en la última fecha. Y si bien ya tiene asegurado su lugar en el Reducido (hoy se encuentra sexto, por encima de Ciudad Bolívar y Estudiantes), necesita ganar para meterse en la Copa Argentina sin depender de ningún otro resultado. Con cualquier otro marcador, habrá que esperar lo que suceda en otras canchas.
