Elena Garro solo quería bailar
El 22 de agosto de 1998 murió Elena Garro, a los 81 años. Fue una de las más grandes escritoras mexicanas, reconocida por su novela “Recuerdos del porvenir” (1963). ¿Inspiró “Cien años de soledad” de García Márquez (1967)? Se casó con Octavio Paz y tuvieron una hija. Murió pobre y enferma rodeada de 14 gatos.
Elena salta en puntas de pie, es etérea, delgada, de rasgos finos, melena de estrella de Hollywood de los años 20 y un rostro que encandila. Casi de cristal. Elena goza con bailar, y sin querer queriendo, como diría El Chavo, con seducir. Porque encantar a los demás lo traía en la sangre. Elena nació en Puebla en el 1916, pero se crio en Iguala junto a su padre español José Antonio Garro Melendreras y su madre mexicana Esperanza Navarro Benítez. La familia se completaba con cuatro hermanos más. Elena era la tercera. A la niña le gustaba leer junto a su padre en la amplia biblioteca hogareña. De ahí su amor por los clásicos: Balzac y Dostoyevski. Al placer de lo libros le sumaba el cine. Clásico, por supuesto. “El acorazado Potemkin”, “Doctor Zhivago” y “El tercer hombre”. Tenía buen ojo. Las películas que veía ya de grande no le gustaban por lo violentas, llenas de muertos y monstruos, que no la dejaban dormir, según dijo en una de sus últimas apariciones públicas. Esa afición por las formas clásicas del arte que se extendieron a la danza y a su escritura le valieron la calificación de “rebelde conservadora”. Un oxímoron, en homenaje a Borges.

Ya de adolescente estudió en el DF, ahora Ciudad de México; e ingresó a la facultad de Letras de la UNAM. Por esos tiempos, Elena conoció en un encuentro de estudiantes al poeta Octavio Paz, dos años mayor, que ni soñaba con ser el poeta de la Patria y Premio Nobel de Literatura. Charlaban mucho de escritores al compás de caminatas que terminaban en la casa de los Garro. El padre de Elena no podía creer el conocimiento y la oratoria de Paz. Dicen los chismes que el casamiento fue de sopetón. Amigos que le dijeron a Elena de ir a tal lugar porque había una reunión y en ese sitio la esperaba Octavio Paz con juez de paz incluido para firmar el acta de matrimonio. Elena firmó y a otra cosa.
El aire de pureza exasperada
dulces danzas de luz inmovilizan,
y cruda luz en vértigos irisa
tu adolescente carne desolada.
¡Qué destrucciones hondas y gozadas!
¡Qué tierna voluntad de nube o brisa
en torbellino puro nos realiza
y mueve en danza nuestra sangre atada!
Hondos deleites y avidez primera,
vértigo inmóvil nos exalta y libra.
Danza la carne su quietud ociosa,
danza su propia muerte venidera,
y nuestra obscura sangre vibra
su miserable desnudez gozosa.
Tuyo, Octavio
Abril, 1935
Los primeros poemas exudaban amor y ternura, pero la tormenta llegó pronto. Por 20 años fueron marido y mujer, nació Helena, la hija única y compañera hasta el final de su madre. La relación conyugal atravesó peleas, celos e infidelidades. Paz celaba del talento de su esposa, era infiel y le cortó las alas porque tenía que brillar él, dicen unos. Paz la impulsó, ya divorciados, a escribir la novela que la hizo famosa “Recuerdos del porvenir” y celebró en público la obra genial, retrucan otros. Paz nunca más de ella ni de su hija. Entre tirios y troyanos queda claro que no fue una convivencia pacífica. “Toda mi obra la escribí contra Paz”, confesó una vez Elena. A su matrimonio lo definió como una cárcel.
Ya separados, según la escritora, Paz se desentendió de su hija Helena, según consta en una carta al poeta. “Ayuda a Helena a salir de esta pobreza”. Mentira, dicen otros, Paz le daba una mensualidad. Cosas de familia. De aquel matrimonio de los primeros tiempos con viajes por Europa por los destinos diplomáticos de Paz, sobrevino una etapa de turbulencias y necesidades.


Una estrella llamada Elena
En el fulgurante cielo del Boom Latinoamericano poblado de escritores hombres (García Márquez, Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar, Donoso, etc.) faltaron mujeres. Garro es una de ellas porque su escritura fue revolucionaria y anticipatoria de los que vino después. Hay estudios que atan la aparición de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez en 1967 a la novela de Garro “Recuerdos del porvenir” aparecida cuatro años antes. En ambos textos la tierra es protagonista: vuelan mariposas amarillas y el pueblo habla. Además, Garro, después de años de olvido, se la reconoce tan vital para las letras como a su par Juan Rulfo.
En “Recuerdos del porvenir” pasado, presente y futuro van, vienen, y se superponen. Hay un pueblo de ficción que es el narrador. Se llama Ixtepec y cuenta: “Yo supe de otros tiempos: fui fundado, sitiado, conquistado y engalanado para recibir ejércitos”. Después, terminó “olvidado en este lugar sin lluvias y sin esperanzas”. La novela se basa en los recuerdos infantiles de Elena y la “Guerra Cristera” (1926-1929), fruto del enfrentamiento de la iglesia católica y gobierno. “Estaba muy enferma y empecé a acordarme de mi infancia y a escribir ‘Recuerdos del porvenir’. Quería quemar el manuscrito, lo puse sobre la estufa y lo salvó Helena (su hija)”, manifestó en una entrevista.
“Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Solo mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo, y como el agua va al agua, así yo, melancólico, vengo a encontrarme en su imagen cubierta por el polvo, rodeada por las hierbas, encerrada en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo. La veo, me veo y me transfiguro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y estuve en muchos ojos. Yo solo soy memoria y la memoria que de mí se tenga.
Desde esta altura me contemplo: grande, tendido en un valle seco. Me rodean unas montañas espinosas y unas llanuras amarillas pobladas de coyotes. Mis casas son bajas, pintadas de blanco, y sus tejados aparecen resecos por el sol o brillantes por el agua según sea el tiempo de lluvias o de secas. Hay días como hoy en los que recordarme me da pena. Quisiera no tener memoria o convertirme en el piadoso polvo para escapar a la condena de mirarme”. (Comienzo de “Recuerdos del porvenir”, 1963).
La realidad se cuela en la obra de Garro y sus preocupaciones sociales en favor de los humildes. Su capacidad fue hacer de lo cotidiano algo extraordinario. Le gustaba escribir novelas; los cuentos demandaban mucha síntesis y no es tarea fácil. Borges, sonríe y se cuela de nuevo en estas líneas. Entonces pongamos que el cuento “Un hogar sólido” de Elena Garro integró la “Antología de la literatura fantástica” compilada por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Estamos claros que la literatura y la vida se cruzan. Como ejemplo tomemos un nombre y apellido que mencionamos recién: Adolfo Bioy Casares. Además de compartir la literatura, Elena y Bioy tuvieron una relación amorosa por 20 años mientras ambos estaban casados. Según los historiadores fueron 91 cartas, varios telegramas y postales que Casares le envió a Garro.
“(…) nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro (…)”, escribió en una carta Bioy, según La Nación del 3 de diciembre de 1997.
Garro criticó una biografía que la presentaba como una mujer rodeada de amantes: “Yo tuve uno solo”, afirmó con la voz débil por problemas pulmonares. No dio nombres.


80 casas y 14 gatos
A lo largo de su vida, Garro vivió en muchos lugares por los viajes laborales de Paz y por su propio exilio junto a su hija por España y Francia. Las Elenas con y sin H se fueron de México en 1973, tenían miedo de que las mataran. El sentimiento persecutorio las gobernó hasta el fin. Su figura había quedado maltrecha tras la matanza de estudiantes de Tlatelolco de 1968, en medio de marchas contra el gobierno. ¿Garro delatora de escritores que gestaron las manifestaciones? ¿Garro espía? Garro cancelada por sus pares.
La vida nunca fue fácil. Aislamiento, distancia, silencio. Luego de muchos años Elena, Helena y 14 gatos regresaron a México, pero el día a día se hizo difícil. Hubo homenajes, reediciones, un atisbo de luz antes del final. Según los entendidos, Garro le pidió perdón a Paz por “calamidades, desdichas y sufrimientos”.
Paz se mantuvo en silencio sobre su exesposa hasta su muerte en abril de 1998, Elena lo siguió en agosto de ese mismo año. Un libro de Paz se llama “El laberinto de la soledad”, es un ensayo sobre la identidad mexicana. El título hubiera servido para aproximarnos a una definición de la pareja en cuestión.
La pequeña Elena da unos pasos sobre el piso de madera al compás de la música clásica. No se le ocurre escribir, no hay recuerdos que contar y el porvenir es venturoso. Elena solo quiere bailar.
